"Sobre el gris y el color" de Robin Pérez

El mes de mayo es el mes de la salud mental, sirve para crear consciencia acerca de la importancia de atender la salud mental, ir a terapia, tener prácticas de autocuidado y hablar de nuestras vivencias, es por eso que el día de hoy me complace muchísimo compartirles un texto escrito por Robin Pérez, un talentosx biólogx, ilustradora, activista y escritor, al que pueden seguir en la página de Facebook de "R.L. Ilustrando Diversidad y Naturaleza" o en los videos que grabamos juntos para "Lo que salga del clóset" en Youtube. 

Les presento "Sobre el gris y el color": 


 No estás solo, creo que es la razón principal para escribirlo, la segunda sería mi tan afamado (en los videos del canal) “vayan a terapia”. Hace unos días pensaba en que si esto lo hubiese sabido en mis años de universidad, las cosas hubiesen sido menos dolorosas, pero no puedo regresar en el tiempo, lo que sí puedo es repetir hasta el cansancio “no estás solo” y animarte a que si algo, por muy sutil que parezca, se remueve y duele adentro de ti, le prestes atención. Creo que sobre lo único que tenemos control en la vida es en el cuidado que nos demos a nosotros mismos, gracias a eso adquirimos las herramientas para avanzar, gracias a eso les permitimos a quienes nos aman acercarse y saber que hay formas de ayudarnos, de sostenernos cuando sentimos que nuestro mundo se debilita.

 

“Sobre el gris y el color.

La luz me lastimó un poco, entreabrí los ojos, miré el reloj, eran las 9 am, mi secuencia de actividades generalmente inamovible implicaba levantarme, abrir las cortinas y la ventana, ponerme mi ropa de ejercicio y hacer alguna rutina, meterme a bañar, desayunar y realizar alguno de mis tantos pendientes que un día antes dejé anotado… Inamovible, hasta hoy. Mis ojos volvieron a cerrarse, el cansancio lo tengo no solo en mi cuerpo, también en mi cabeza, la noche anterior me costó conciliar el sueño, tenía la sensación de estado de alerta sin razón aparente, mi cabeza se formulaba ideas, una tras otra, sobre mi familia y su seguridad, sobre mis labores y cómo no podría realizarlas con éxito, la voz negativa diciendo que las personas me van a dejar, se van a cansar de mí, enlistándome todas esas ocasiones en que dije algo erróneo, en que no dije lo que se supone que debía, me pone los escenarios en que llegué a fallar, me hace olvidar todo lo bueno que he logrado. Llega un punto en que no quiero que el tiempo transcurra, me provoca ansiedad la idea de que en la noche se vuelva a repetir, con el paso de los días esa ansiedad se convierte en algo normal, porque cada noche se confirma el suceso, mi cabeza espera ese momento para ponerse a hablar. No le veo fin a este periodo, cada vez más siento que he estado así por años aunque apenas lleve una semana de que se disparó mi episodio de depresión. Pasan muchas cosas cada día pero mi cabeza no consigue retenerlas, incluso lo bueno parece borroso. A veces pregunto cosas que ya me habían contado, me siento inútil, fácilmente pierdo el enfoque de lo que hago en el momento. La comida, el baño o un día soleado, dejan de tener la chispa que generalmente tienen para mí. Me cuesta formularme una actividad, ni siquiera en mi mente hay cabida para pensar en aquello que me gusta: dibujar, tocar, cantar, escuchar música… todo eso, se vuelve como un sueño que se disipa. No hay ganas, no hay emoción o entusiasmo, he olvidado por qué las hacía o qué sentía al hacerlo. A veces algo me regresa la risa, pero solo es un breve instante, porque a los segundos un dolor se asoma y debo dejar de reír para calmarlo, como si mi cabeza misma no me dejara estar bien. Todo se siente monótono, los colores adquieren menor intensidad. El silencio que antes me resulta tranquilo se vuelve abrumador, porque mi cabeza habla más fuerte sobre aquello que me duele, se convierte en un huracán. Una parte de mí (muy al fondo y sutil) me dice que me esfuerce, que solo es un mal momento, pero el esfuerzo conlleva energía que no tengo, se me acabó en la noche, como si dormir solo trajera consigo más cansancio. Intento distraerme un poco, pero si algo pasa -un accidente tan simple como una cuchara cayendo o la tortilla que se me resbaló de las manos- se oprime mi pecho, y ahí me tienes, llorando, mientras mi cabeza de nuevo vuelve con todos esos escenarios y afirmaciones. Sé que no estoy solo, sé que hay quienes se preocupan por mí, sé que tengo amigos y que si les mando un mensaje estarán ahí dándome compañía, pero ni siquiera puedo tomar el celular, me da miedo, el pecho se oprime más, mi propia voz resuena con un eco diciendo que soy una carga, una molestia, que nadie va a estar, que si lo hago los voy a cansar, que debería dejar de llorar porque no tengo razones para ponerme así, que soy incapaz. El llanto agota, en el mejor de los casos he llorado solo una vez en el día, en el peor, con cada acción me lleno de lágrimas. ¿Me voy a morir? Me preguntó en días en que siento que mi cuerpo ya no puede más, lo peor es la sensación de desaliento cuanto me doy cuenta de que aún puedo hacer cosas, porque mi cabeza encuentra alivio en creer que al día siguiente ya no voy a despertar, pues así dejaría de ser un inconveniente para los demás. Todas esas ideas me agotan, intentar evadirlas me agota aún más, hablar me cansa, sonreír cansa, ser yo me cansa. Ya sé cómo funciona esto, esa es la mejor herramienta con la que cuento, hace años cuando sucedía ni siquiera estaba consciente de lo que era, me obligaba a seguir “funcionando” como los demás, me decía que todos lo vivían y que no podía ser tan débil como para detenerme. Hoy puedo reconocer que la distimia es algo que me concedieron como si de una mala broma se tratara, el personaje de cuento al que esas hadas eligieron: “te daremos el don de la distimia, con este serás infeliz el resto de tu vida y por esto mismo verás maravillado lo que sucede a tu alrededor”. He descubierto que en mi cabeza, siempre llueve, a veces es ligero, a veces en esos episodios donde la depresión es más profunda, se vuelve un tornado que me arrastra y deja un desastre detrás. Pero también es cierto, que siendo gris adentro, lo que se me presenta lleno de color afuera se convierte en algo brillante, no puedo hacer más que emocionarme con cada instante, hacerlo propio, guardarlo y compartirlo: chispitas de colores. A veces en esos momentos de tormenta, deseo no ser yo, me preguntó dolorosamente por qué me tuvo que pasar a mí, como si buscase respuestas en un karma inexistente, jamás romantizaré mi situación, no soy como soy debido a la distimia, soy este Yo a pesar de la distimia. No se lo deseo a nadie, esta depresión a largo plazo no me hace un escritor con la narrativa que siempre me ha gustado, no me hace ser el dibujante que plasma lo que le mueve, no me hace ser el activista o divulgador entusiasta, no me hace ser ese alguien que se enfrasca en lo que le gusta y se emociona por aprender, no me hace ser el amante de la repostería y de la música, no, la distimia no soy yo, es una condición, que me encantaría un día desapareciera, pero tampoco dejaré que eso me marque, no dejaré que defina lo que hago, quizás me detenga a veces, quizás necesite un descanso de vez en cuando, pero ahora puedo entenderlo, puedo ubicar cuando un periodo se ha desatado, reorganizar mis proyectos y recordarme que es solo un mal momento, que quizás un baño no lo resuelva, pero es un paso al autocuidado, puedo pedir ayuda, puedo sentirme solo y sin embargo sostenerme de quienes me muestran que esa sensación solo está en mi cabeza. Por eso es tan importante que esos colores de afuera los grabe en papel -un escrito o un dibujo-, en una canción, en una lista de reproducción, en un video, en un chocolate o en una caricia, para tenerlo a la mano y que mientras dura la tormenta, pueda ver todo cual álbum de recuerdos, que cada hoja que voy pasando me diga que ese mar de dolor solo es un momento, porque Yo, el real y tangible Yo, esta en cada instante lleno de color. Y puedo volver, siempre voy a volver.”

Robin Pérez 

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