El caballero y el dragón
Como algunos recuerdan, en Junio comencé a escribir varios cuentos alusivos al Pride LGBT+, por diversas cuestiones no pude subirlos diario como tenía planeado, me tomó más de dos meses retomarlo, pero volví, el día de hoy con una historia de fantasía en la que hablo de la pansexualidad. Espero les guste.
EL CABALLERO Y EL DRAGÓN
─ Es una estupidez, soy más
ágil que cualquiera de esos cavernícolas, y mucho más listo ─ Henry despotricaba
mientras se iba quitando las partes de la armadura de latón con la que había
hecho la prueba para entrar a la Guardia Real ─ Si escucharan mis ideas no
tendrían tantas bajas, ganaríamos la maldita guerra contra los horcos, pero no,
prefieren usar la fuerza bruta…
Desde que había comenzado la guerra contra los horcos
la Guardia Real reclutaba soldados cada pocas semanas, Henry había hecho la
prueba al menos una docena de veces, siempre le decían que era demasiado bajo,
demasiado delgado y demasiado torpe, que solo sería una carga, él sabía que no
era muy fuerte o grande, pero había estudiado a los horcos y conocía sus debilidades
y necesidades, sabía de estrategia y números, ni los horcos ni ellos tenían que
morir, podía hacer una diferencia,
si tan solo tuviera la oportunidad.
Henry terminó de quitarse la armadura, la arrojó en un
rincón de su pequeña choza, tomó su cantimplora y salió con la intención de
escalar la montaña, era de las pocas cosas que podían tranquilizarlo.
─ ¡Eh! ¡Henry! ¿Escuchaste
lo del dragón? ─ le preguntó su vecino, el señor
Fredward, al verlo salir.
─ ¿Dragón? ─ preguntó el chico extrañado ─ ¿Qué dragón?
─ Hubo un avistamiento hace
unas semanas, al parecer unos chicos lo vieron y le perdieron la pista en la
montaña, la mayoría no les creyó, pero igual se extendió el rumor ─ explicó el señor Fredward, que era
lo suficientemente viejo para recordar aquella época dorada en que era común
ver dragones en el cielo, la mayoría les temía, pero para él eran fascinantes.
─ Creía que ya no existían los dragones ─ murmuró Henry ─ Que se habían matado entre ellos o algo así.
─ Es lo que piensa la
mayoría, pero nunca se sabe, son seres muy inteligentes y fuertes, tal vez solo
se esconden de nosotros ─ respondió el hombre como todo un
experto ─ Como sea, si sabes algo avísame, sería fantástico ver uno antes de, tú
sabes…
Henry se despidió del viejo vecino y echó a andar. Aunque
sabía que habían existido los dragones en el pasado, no se creía mucho todas
esas teorías de que siguieran vivos y ocultos. Conformé ascendía la montaña,
sus pensamientos fueron a parar en nuevos planes para unirse a la Guardia Real,
tan concentrado estaba que cuidó muy poco sus pasos y perdió el rumbo
fácilmente, cuando se dio cuenta ya no reconocía el paisaje que lo rodeaba,
nunca había llegado tan alto, y evidentemente nadie más, pues la zona era
bastante oscura, pese a que aún faltaban horas para que oscureciera, se podía
ver ya muy poco a su alrededor.
─ ¡Mierda! ─ murmuró Henry, que reservaba esa
palabra solo para ocasiones especiales ─ ¿Dónde se supone que estoy?
Lo lógico era que emprendiera el camino en descenso,
pero por alguna razón, siguió subiendo, todo se hacía cada vez más oscuro, el
corazón de Henry había comenzado a latir con fuerza, guiándolo al costado
oculto de la montaña, ese al que ningún hombre había llegado antes.
Henry salió del trance que lo había conducido hasta
ahí debido a un ruido, una mezcla de suspiro y quejido, tal vez un caballo del
castillo se había perdido. Henry siguió el sonido hasta el interior de una
cueva. Tragó saliva, no se consideraba particularmente cobarde, pero estaba tan
oscuro que sintió un escalofrío recorrer su espalda, sin embargo, no había duda
que el sonido provenía de adentro. Indeciso, dio sus primeros pasos en el
interior de la cueva, no podía ver casi nada, probablemente se estuviera
metiendo a la boca del lobo, a un camino sin salida, pero no era capaz de
ignorar ese sonido, era como si le llamara…
“Buenos días, hoy se esperan cielos nublados con un
30% de probabilidad de lluvia. Tienes un examen de Literatura Hispana a las
11:00 AM. Encendiendo la cafetera. Disfruta tu mañana Henry”.
La voz
mecánica dio paso a una canción, Henry se estiró entre las sábanas sintiéndose
extraño. Sus sueños siempre habían sido vívidos, llenos de color, de
sensaciones, de aromas, pero a veces eran tan reales y específicos que le
parecían extractos de vidas pasadas, como si en algún momento su mente se
conectará con una existencia más larga y basta de lo que podía recordar. Del
que acababa de despertar era uno de esos sueños, y la verdad le encantaban, le
hacían sentir que su vida tenía un significado mucho más profundo que ser solo
un universitario cualquiera.
Mientras
pensaba qué había estado a punto de encontrar en aquella cueva, se dio una
ducha rápida y se vistió. El café caliente lo esperaba en la cafetera, lo
sirvió en un termo, tomó su mochila y salió de casa.
La
biblioteca estaba casi vacía cuando llegó, se apropió de una mesa y la llenó de
libros de Literatura Hispana, había estudiado bien, pero nunca estaba de más un
repaso. Se perdió en los libros hasta que su reloj comenzó a vibrar, avisándole
que faltaban quince minutos para su examen. Ordenó todo y se dirigió al salón
de clases. La mayoría de sus compañeros ya estaba ahí, eligió una mesa vacía en
la fila de adelante y se sentó a esperar.
Las
11:15 AM, mientras algunos estudiantes empezaban a ponerse nerviosos, otros
celebraban, tal vez el maestro había tenido un problema y no llegaría a tiempo.
Henry escuchaba de fondo las conversaciones, su mente había vuelto a enfocarse
en su sueño, tal vez pudiera convertirlo en una buena historia.
─
Buenos días, el profesor Ramírez tuvo un problema personal, mi nombre es Agní
Mond, seré el sustituto de su profesor, y quien les aplicará el examen este
día.
Henry
levantó la vista, frente a él estaba un hombre muy alto, de piel oscura, unos
cuarenta años y bastante atractivo. Nadie había visto antes al sustituto, pero
la seguridad con que se dirigió al grupo no dejó lugar a dudas, había algo de
imponente en aquel hombre, por lo que el silenció reinó y solo es escuchaba el
murmullo de las hojas al ser entregadas a cada uno y los pesados pasos de las
botas de Agní Mond.
─
Pueden iniciar, cuentan con 90 minutos para terminar ─ la voz del hombre era
profunda y varonil, Henry tragó saliva y maldijo en su cabeza. ¿Qué tenían los hombres
mayores que le gustaban tanto?
Pese a
la distracción que le suponía aquel hombre, completó el examen en una hora. Un
poco nervioso de tener que interactuar con él, se levantó de la mesa y se
acercó al escritorio.
─
¿Henry? ─ preguntó el sustituto con una sonrisa ─ No es un nombre muy común por
aquí.
─ Ya,
tampoco Agní Mond ─ respondió Henry, no era la primera vez que escuchaba ese
comentario y a veces se ponía a la defensiva.
─
Bueno, de donde vengo lo es ─ dijo Agní con una mezcla de gruñido y risa ─ Ya
puedes irte, el profesor Ramírez les entregará sus calificaciones la siguiente
semana.
Henry
echó una última mirada al sustituto y salió del salón.
─
¡Mierda! ─ maldijo en voz baja, se sentía nervioso y extasiado, incluso sudaba
un poco.
Las
siguientes clases pasaron fugazmente, también su turno en la cafetería. Henry
solo podía pensar en esos ojos negros y esa voz profunda. En casa, intentó
mirar una película mientras cenaba, pero Lenny Kravitz en pantalla disparó el
recuerdo de Agní Mond en su memoria otra vez. Agotado, se fue a la cama.
Una pequeña luz iluminó la cueva, Henry se guío con
ella al interior, donde el sonido era más intenso. Henry comenzaba a pensar que
aquello no era una cueva común y corriente y lo confirmó cuando la luz se hizo
mas intensa al llegar al final y descubrió que aquello era un rustico pasillo,
al doblar la esquina se detuvo abruptamente, sus ojos no podían creer lo que
veía.
Un enorme dragón negro respiraba con dificultad en el
piso de la cueva, junto a una pequeña hoguera, el sonido que emitía era
lastimero y profundo. Cualquier otro se hubiera asustado, salido corriendo,
pero no Henry, él se acercó cuidadosamente al dragón e intentó hablarle sin
estar seguro de que pudiera entenderlo.
─ ¿Estás bien? ¿Cómo puedo
ayudarte? ─ El dragón no respondió, seguía respirando con
dificultad.
Henry inspeccionó su cuerpo hasta dar con una profunda
herida en su costado izquierdo, ya no sangraba, pero parecía infectada. Vertió
todo el contenido de su cantimplora en la herida y con el pañuelo que llevaba
en el bolsillo trató de limpiarla lo mejor que puedo. El dragón gruñó adolorido.
─ Sé
que te duele amigo, pero no sé cómo curar un dragón, ni siquiera había visto
uno antes, hasta hace una hora pensaba que ya no existían ─ el dragón lanzaba pequeños suspiros, haciendo que por
sus fosas nasales saliera humo ─ ¡Pero
sé de alguien que tal vez sepa algo! Te juro que voy a volver pronto.
Henry
corrió montaña abajo tan rápido como pudo, prestando atención al camino para
poder rehacerlo de vuelta. Pronto, el bosque se tornó claro otra vez, iluminado
por el potente rayo del sol.
─
¡Señor Fredward! ¡Señor Fredward! ─
Henry tocó repetidamente la puerta de la choza de su vecino.
─
¿Qué diablos pasa? ¿Por qué tanta urgencia? ─ preguntó el hombre con un bostezo, despertando de su
siesta.
─ Necesito que me diga todo lo que sabe sobre los
dragones, o de ser posible que me acompañe ─ soltó Henry a manera de saludo.
─
¿Acompañarte? ¿A dónde? ─
preguntó el señor Fredward más interesado.
─ A
la cima de la montaña ─ dijo Henry ─ Tiene que ayudarme.
─ Si
me dices que encontraste a un dragón… ─
comenzó a decir el hombre, a Henry se le iluminó el rostro ─ ¡Encontraste un dragón!
─
Baje la voz ─
murmuró Henry ─
Está muy herido, no sé qué hacer…
─
Hijo, apenas y puedo llegar a pie al pueblo, no puedo subir la montaña ─ dijo el viejo con tristeza ─ pero pasa, te mostraré algo.
Henry
siguió al señor Fredward al interior de su choza, que estaba principalmente
llena de libros. El hombre tomó un pesado libro encuadernado en cuero negro y
se lo entregó.
─ Si
la herida no es de origen mágico, podría ser de ayuda alguna de estas pociones ─ explicó el señor Fredward con aire experto ─ ahora que si lo es, probablemente tengas que ir en
busca de un elfo.
─ Era
una herida larga y limpia, probablemente de espada o de una enorme lanza ─ explicó Henry ─ Ya no sangraba, debe tener varios días, parecía
infectada.
El
señor Fredward tomó un caldero de peltre de un armario y se lo entregó.
─
Pagina 243, a mitad de la montaña encontrarás las plantas que necesitas, reúne
leña y algo con qué hacer un fuego, también lleva bastante agua ─ el brillo en su mirada lo hacía lucir treinta años
más joven ─
Sálvalo Henry, tal vez sea el ultimo con vida.
Henry
agradeció al señor Fredward, tomó algunas cosas de su casa y emprendió el
camino de regreso. Tal como le había indicado su vecino, los ingredientes que
necesitaba para curar la herida del dragón estaban a medio camino montaña
arriba, puso las hierbas y las flores en el caldero y siguió subiendo.
“¡Un
dragón! ¿Cómo es posible? ¿Quién lo habrá herido? ¿Cuánto tiempo llevará en esa
cueva? Espero que siga vivo. Ojalá pueda ayudarlo.” Henry se abstrajo en sus
pensamientos, cuando se dio cuenta había llegado a la zona oscura de la montaña
otra vez, había tomado la precaución de llevar una linterna de aceite esta vez,
así que con mejor visibilidad apuró el paso y llegó hasta la cueva.
Gracias
a su linterna observó con más atención el pasillo, no parecía natural, pero
tampoco hecho por humanos, tal vez el dragón se había dado a la tarea de
construirlo con sus propias garras.
─ Te
dije que volvería ─
dijo Henry acariciando las escamas del cuello del dragón ─ Solo tengo que preparar algunas cosas.
Henry
colocó más leña en la hoguera, avivando el fuego, puso el caldero lleno de agua
y agregó los ingredientes tal y como decía el libro, tras varios minutos
hirviendo, el contenido del caldero se tornó espeso así que lo retiró del
fuego, solo restaba dejarlo enfriar un poco.
─
¿Puedes escucharme? ─
preguntó Henry acercándose de nuevo, el dragón emitió un suspiro más profundo ─ Tomaré eso como un sí. De verdad espero que esto
funcione, el señor Fredward cree que podrías ser el último de los dragones ─ Mientras le hablaba, acariciaba con delicadeza su
cuello, aquello parecía tranquilizar al dragón ─ Si descubro quién te hizo esto… No estoy de acuerdo
con la barbarie ¿Sabes? Incluso si quiero entrar en la Guardia Real, lo que
quiero es ayudarles a encontrar otras formas, construir acuerdos, no matarnos
entre nosotros. Pero herir así a una criatura solo por temerle, no es para nada
justo.
Tras
lo que Henry calculó eran diez minutos, tomó la poción, que parecía un puré, y
la untó sobre la herida del dragón, un suspiro de alivio salió de las fosas
nasales de la criatura, cubrió la herida por completo, según el libro debía
retirarla con agua limpia cuando se endureciera y luego aplicar más.
─
Vas a estar mejor pronto amigo, te lo prometo ─ le dijo Henry sentándose junto a él, recargando la
cabeza en una de sus patas ─ No
me iré de aquí hasta que estes bien.
"Buenos días, hoy se esperan cielos
nublados y tormentas eléctricas, con un 70% de probabilidad de lluvia. Tienes
turno doble en la cafetería. Disfruta tu mañana Henry.”
─ Dragones ─ murmuró Henry
saliendo de la cama ─ ¿Puedes creerlo
Alexa? Imagina lo que es soñar con dragones.
─ ¿Quisiste decir “Reproduce Imagine Dragons?” ─ preguntó la voz mecánica ─ Comenzando reproducción aleatoria.
Henry río y se preparó el desayuno al
ritmo de la música, los sábados tenía turno doble en la cafetería, así que se
daba el tiempo de comer bien antes de salir de casa. Estaba de buen humor,
aquel sueño había sido bastante agradable.
Salió de su casa una hora después,
ataviado con un abrigo y un paraguas, pues tal como había dicho su asistente
virtual, había comenzado a llover. La cafetería estaba apenas a unas calles de
su departamento, así que no tenía mucho sentido caminar. Le gustaban los días
lluviosos, había algo de nostalgia en ellos, y así se consideraba Henry, como
alguien nostálgico, sentía que extrañaba algo, aunque no sabía ni qué era.
Los sábados lluviosos eran algo lentos en
la cafetería, la gente prefería quedarse en casa, era casi mediodía y no habían
tenido ni un solo cliente, su compañero había aprovechado para salir a fumar un
cigarrillo y él se entretenía leyendo un libro. Cuando la campanilla sonó
levantó la mirada y su corazón dio un vuelco. Agní Mond, cubierto con una
gruesa gabardina negra y un paraguas a juego entraba en ese instante al café.
─ Henry Del Bosque ¡Que sorpresa! ─ saludó el hombre con un esbozo de sonrisa.
─ Bienvenido a Bocado de Sol, cuna de los mejores lattes ¿Le tomo su orden? ─ respondió Henry recitando la bienvenida obligatoria de
la cafetería ─ Una vez olvidé dar
la bienvenida frente al gerente y me hicieron repetir el curso de inducción.
─ Tranquilo, no hubiera dicho nada si la olvidabas ─ dijo Agní fingiendo no darse cuenta del sonrojo que
cubría las mejillas del chico y que le deba un aspecto más dulce y juvenil ─ Ponme uno de esos famosos lattes entonces, sin azúcar.
─ Por supuesto, si gusta tomar asiento, en un momento lo llevo hasta tu mesa ─ recitó Henry ceñido al protocolo. Agní asintió con la
cabeza y se sentó en la mesa más cercana a la barra.
Henry preparó el latte, el corazón aun le
latía con fuerza, y tal vez solo fuera su imaginación, pero sentía la mirada de
Agní sobre él. Puso el latte en la bandeja y en un acto de osadía tomó también
una rebanada de pastel, con las rodillas temblando se acercó a la mesa.
─ Latte de sol, sin azúcar ─ dijo poniendo la taza frente al hombre ─ Pastel de chocolate semiamargo, cortesía de la
casa.
─ Vaya, muchas gracias, espero que no sea un intentó de comprar un diez en el
examen de ayer ─ respondió Agní,
agregando una risa al final para dejar ver que no era en serio.
─ Para nada, es una mañana lenta y mejor que alguien aproveche el pastel
mientras aun está fresco ─ inventó Henry sobre la marcha.
─ Bueno ¿Qué tal que también aprovechas el pastel y te comes una rebanada
conmigo? Cortesía mía. ─ sugirió Agní, Henry no supo identificar si estaba
siendo coqueto o amable.
─ Me gustaría, pero no puedo dejar la barra desatendida… ─ comenzó a explicar Henry.
─ Yo me haré cargo, de todos modos no hay nadie ─ Lo interrumpió su compañero, que había regresado un
par de minutos atrás.
─ Está bien ─ respondió Henry,
sentía que el corazón había salido de su pecho y había ido a dar a su garganta.
Se sirvió un americano, tomó una rebanada de pastel y se sentó frente a Agní.
─ Bueno, muero por saber la historia detrás de tu nombre ─ soltó Agní para iniciar la conversación ─ ¿Tus padres son fanáticos de la realeza inglesa?
─ Para nada ─ respondió Henry
tomando aire, no imaginó que tendría que contar esa parte de su historia tan
pronto, pero no se sentía incomodo con ello ─ En realidad yo lo elegí ─ Agní lo miró un poco confundido ─ No nací siendo Henry Del Bosque, yo, verás… nací como
una chica.
─ Oh, ya veo ─ dijo Agní con naturalidad ─ ¿Y por qué elegiste Henry?
─ Vaya, la gente suele hacer muchas preguntas cuando cuento esto ─ respondió Henry aliviado ─ No estoy seguro, de algún modo siempre ha
resonado conmigo, lo leí de niño en un libro y cuando descubrí quién soy
realmente fue como si ese hubiera sido mi nombre siempre.
─ Bueno, si tú estás seguro de quién eres ¿Por qué tendría yo que cuestionar
cualquier cosa? ─ algo en esas palabras hizo que
Henry se derritiera por dentro ─ Henry es un nombre muy lindo, me recuerda a alguien de mi pasado.
─ Recuerdos gratos espero ─ sonrió Henry ─ ¿Y Agní Mond, de dónde viene?
─ Muy gratos recuerdos ─ en los labios de Agní se dibujó una sonrisa que suavizaba su rostro y le
daba un aspecto casi dulce ─ Si te refieres a mi nombre, Agní es el dios hindú del fuego, y Mond es un
apellido alemán, significa Luna. Si te refieres a mi origen, tomaría más que
unas horas contarlo todo, es una historia larga, espero poder contártela pronto.
Y si preguntas por mi nacionalidad, en realidad he viajado por el mundo desde
joven, no me considero de ningún lugar, creo que sigo buscando mi hogar.
─ Creo que te entiendo ─ murmuró Henry ─ La mayor parte del tiempo me
siento nostálgico, como si extrañara algo, o buscara algo que no soy capaz de
encontrar…
Por obra de la
lluvia o azares del destino la cafetería estuvo vacía más de dos horas, durante
las cuales Agní le contó a Henry sobre sus viajes, no era profesor de
Literatura, sino de Historia del arte, recorría el mundo visitando museos y
muestras artísticas, recopilando fotografías, información, y cuando el costo lo
permitía, algunas piezas originales. Henry le contó de sus deseos de ser
escritor, de su breve estancia en la carrera de Medicina, del libro que quería
escribir; de algún modo extraño la conversación entre ambos parecía fluir bien,
los casi veinte años que los separaban resultaban imperceptibles.
Cerca de las 3:00
PM la gente comenzó a llegar en busca de comida, Henry tuvo que volver a su
puesto en la barra.
─ Sé que te sonará extraño ─ dijo Agní tras pagar la cuenta ─ Las respuestas que estás buscando, eso que tanto extrañas… necesito
mostrarte algo. Quiero llevarte a visitar un museo. ¿Puedo verte mañana?
─ A las 11:00 AM, aquí mismo ─ respondió Henry con las mejillas coloradas y echando un vistazo a las mesas
que estaban pendientes de atender ─ Te veré mañana.
El resto de la
tarde hubo más movimiento, había dejado de llover y la gente buscaba algo
caliente para beber. Henry tuvo que hacer un gran esfuerzo por concentrarse, la
voz y la sonrisa de Agní seguían prendadas a su mente.
Por la noche,
Henry daba vueltas en la cama. ¿Tenía una cita con Agní Mond o solo estaba haciendo
un amigo? No había algún indicio de que el hombre fuera gay, pero técnicamente
tampoco había indicio de que no lo fuera. Independientemente de si lo era o no,
a Henry le gustaba, y mucho, así que el nerviosismo era el mismo. Entre
pequeñas fantasías románticas y catastróficas, se quedó dormido.
Henry despertó al sentir al dragón moverse, se había quedado dormido. Se
levantó y revisó la herida, la poción ya se había endurecido, así que limpió
cualquier rastro de ella y preparó otra tanda, que colocó nuevamente en la
herida. No sabía qué hora era pero aun tenía sueño, el dragón también parecía
dormir, así que se recargó nuevamente contra su pata y se quedó dormido.
Despertó otra vez con el movimiento, que había sido más abrupto, el dragón
había abierto los ojos, eran oscuros con motas doradas y en ellos se adivinaba
gran bondad.
─ ¿Estás mejor? ─ le
preguntó Henry, el dragón se estiró un poco, intentando batir las alas sin
resultado en el reducido espacio.
─ Eso parece ─ la
voz del dragón era profunda y sonaba un poco adormilada, tomó un poco por
sorpresa al chico ─ ¿Cómo llegaste aquí? Ninguno de los tuyos puede
entrar a esta parte de la montaña.
─ ¿Los míos? ¿Hombres? ─ preguntó
Henry, el dragón asintió ─ No estoy seguro, la primera vez venía
distraído, pensando en mis cosas, no me di cuenta de cómo llegué, pero escuché
un quejido y lo seguí. Te encontré y limpié tu herida, te veías muy mal así que
salí en busca de ayuda.
─ ¿Qué hiciste qué? ¿Alguien más sabe que estoy
aquí? ¿Vino alguien más contigo? ─ el dragón parecía molesto ─ ¿Trajiste
a más de los tuyos cuando ellos me hicieron esto?
─ No, no hice nada de eso, nadie sabe que estás
aquí ─ se apresuró a responder Henry ─ Solo
un hombre, mi vecino, el señor Fredward, el me dio el libro donde encontré la
poción para curarte… ¿Dices que los míos te hicieron esto?
─ Sí, unos hombres con armaduras plateadas y
escudos rojos ─ explicó Agní ─ llevo
años viviendo aquí, oculto, saliendo solo de noche a estirarme un poco y
conseguir comida. Hace años un viejo elfo puso un hechizo en esta cueva y sus
alrededores, para que nadie pudiera encontrarme, funciona bastante bien, pero
el hechizo incluye animales, tengo que salir del área segura para alimentarme,
cada año debo ir más abajo, fue hace dos o tres semanas cuando me vieron esos
hombres, mientras intentaba cazar algunos venados, eché a volar en cuanto los
vi pero uno de ellos me alcanzó con su lanza, me perdieron la pista en cuanto
llegué a la parte oscura de la montaña. Ya no tengo 1000 años, así que ya no
sano tan bien, creo que llevaba al menos una semana inconsciente. Ese hombre,
el señor Fredward ¿Es de fiar?
─ Le confiaría mi vida ─ respondió
Henry ─ Y funcionó su ayuda, estás mejor.
─ Solo un poco ─ gruñó
el dragón intentando levantarse ─ No puedo moverme aún, y tengo hambre.
─ No cazaré animales para traértelos aquí, si es
lo que estás pensando, pero tengo algunas ideas.
Las siguientes dos semanas Henry se dedicó a llevarle comida a base de cereales
y verduras, en uno de los libros del señor Fredward encontró que aunque los
dragones eran mayormente carnívoros, podían vivir bien prescindiendo de la
carne. El viejo vecino había reunido todos sus libros de dragones y ayudaba a
Henry en lo que podía. Cuando la herida ya no parecía infectada encontró otra
poción, una para cicatrizar. Gracias a las comidas y los cuidados de Henry, el
dragón cada día tenía más energía y mejor semblante. Los dos pasaban largas
horas platicando, el dragón le hablaba de los sitios donde había vivido antes,
Henry de sus intentos para entrar a la Guardia Real, de la guerra con los horcos
y de los libros que leía desde niño gracias al señor Fredward.
Una tarde, Henry estaba recargado contra una de las patas del dragón,
contándole acerca de sus padres, cuando cayó en la cuenta de algo.
─ Te he mencionado al señor Fredward, a mis
padres, al caballo que tenía de niño, te he dicho un montón de nombres, menos
el mío, y yo tampoco sé el tuyo, a pesar de que sé el nombre de varios de tus difuntos
amigos dragones. Mi nombre es Henry. ¿Y el tuyo?
─ Pero que maleducado soy, no me di cuenta de que
nunca me presenté contigo ─ respondió el dragón ─ Agní,
mi nombre es Agní.
Henry despertó de
golpe, con el corazón latiéndole con fuerza, miró el reloj, faltaba media hora
para levantarse.
“Es una
coincidencia” se dijo a sí mismo “He estado pensando tanto en Agní Mond que cobró
vida en mis sueños encarnando al dragón con el que he estado soñando.” Sin embargo,
no podía ignorar esa sensación en el pecho, esa que le hacía creer que esos
sueños eran más que sueños, que le hacía pensar que tal vez el conocer a Agní
Mond no era una coincidencia, y que lo que dijo al despedirse, tal vez iba más
allá de mostrarle la belleza del arte.
Se dio un baño, se
puso su camisa favorita y hasta se peinó el cabello y se puso perfume. No pudo
comer gran cosa, pero pensaba sugerir ir a comer después del museo, así que no se
preocupó demasiado. Salió de su departamento con antelación y caminó a paso
lento, todavía intrigado por su sueño, pero más que nada nervioso.
La cafetería todavia
estaba vacía cuando llegó, los domingos abrían a mediodía. Se recargó contra la
pared y los cinco minutos que tardó Agní en llegar le parecieron eternos.
─ Viniste ─ dijo el hombre con una sonrisa
al encontrarlo en la puerta de entrada ─ lo que dije fue muy raro, pensé que tal vez no lo harías.
─ Si lo raro me asustara… ─ murmuró Henry mirándolo directamente a los ojos por primera vez, eran
negros con motas doradas ─ No estaría aquí.
─ Sígueme entonces ─ Agní le ofreció una mano que Henry
no dudó en tomar.
Caminaron en
silencio hasta un museo que Henry conocía por la fachada pero al que nunca había
entrado. Agní le soltó la mano un momento para salir por las entradas y se la
tomó de nuevo al volver con ellas.
─ Hay dos cuadros y una fotografía que quiero mostrarte, tal vez te sientas
confundido, tal vez sea abrumador ─ dijo Agní, por primera vez desde que lo conocía, su voz temblaba un poco ─ Por favor, no te vayas y quédate a escuchar lo
que tengo que decir.
─ Agní, me estás asustando un poco ─ rio Henry nervioso ─ No me iré a ningún lado ─ agregó.
Agní guio a Henry
hasta una sala con pinturas renacentistas, no hizo falta que señalara el cuadro
en cuestión, el chico lo adivinó de inmediato. Era un cuadro donde un joven
idéntico a él, posaba junto a una mujer, parecía ser una princesa o miembro de
la nobleza y poseía una belleza deslumbrante, pero al fijarse en los ojos de la
mujer, no vio otra cosa que los ojos de Agní.
─ ¿Qué es esto? ─ preguntó Henry sin aliento ─ ¿Soy yo…? ¿Somos…?
─ Lady Agnes y su esposo, Sir Harry. Hay más ─ murmuró Agní llevándolo de la mano a otra sala, las
pinturas ahí eran del periodo del romanticismo.
En una de las pinturas,
dos jóvenes, campesinos posiblemente, los observaban desde el lienzo. Esta vez ninguno
se parecía a ellos, pero los ojos… Henry había visto sus propios ojos miles de
veces en el espejo, era perturbador verlos en aquella pintura.
Sin decir nada, Agní
se lo llevó a otra sala del museo, una exposición temporal de fotografía. En una
de ellas, dos mujeres, bastante parecidas a ellos, se toman de la mano.
─ La fotografía, que por muchos años se consideró de un par de amigas ─ leyó Henry en voz alta ─ pertenece en realidad a una pareja lésbica que
vivía en la clandestinidad. Las mujeres nunca se casaron, vivieron juntas toda
su vida en la casa que aparece al fondo, al morir se encontraron entre sus
pertenencias, cartas de amor que revelaban un romance intenso entre ambas.
Henry no sabía qué
decir, nada de eso parecía tener sentido, y sin embargo lo tenía, tenía todo el
sentido del mundo, sólo que él no sabía por qué. Se dio cuenta de que Agní y él
no se habían soltado las manos cuando recibió una mirada reprobatoria de una
mujer. No le importó. Caminaron hasta la cafetería del museo y pidieron un par
de capuchinos.
─ A veces somos hombres, a veces mujeres ─ comenzó a explicar Agní en cuanto se sentaron a
la mesa ─ A veces nos parecemos mucho a
los que somos ahora, a veces no, pero de algún modo, en cada vida, hallamos la manera
de encontrarnos.
─ ¿Me estás tratando de decir que las personas de esas pinturas y fotografías
somos nosotros? ─ preguntó Henry confundido,
comenzaba a darle vueltas la cabeza ─ ¿Qué de algún modo estamos destinados y siempre nos encontramos?
─ Te dije que sería abrumador. ¿Escucharás la historia? ─ Henry asintió con la cabeza ─ Lo primero de lo que tengo recuerdo es un enorme
cielo azul, la sensación del aire contra mis alas, el calor del fuego subir por
mi garganta… la primera parte de aquella historia le resultó muy familiar.
Tomó casi dos meses, pero finalmente Agní recuperó sus fuerzas y pudo salir
de la cueva. Su primera noche fuera llevó a Henry a dar un paseo por los cielos
altos de la montaña, el chico observaba maravillado el paisaje mientras se
aferraba al cuello del dragón.
Cada tarde, Henry subía a visitar a Agní y a llevarle comida, seguía siendo
peligroso para el dragón cazar. Cada noche los dos surcaban los cielos un rato,
después el sueño los vencía en la cueva. Cada mañana Henry bajaba la montaña de
vuelta a casa. Al paso de un año la guerra estaba peor que nunca, por disposición
oficial todos los hombres, competentes o no, debían unirse a las filas de la
Guardia Real, el sueño de antaño de Henry por fin se materializaba, pero eso ya
no era lo que él quería. Si se enlistaba no podría visitar a Agní, ni llevarle
comida, si se negaba, sería asesinado por desertor, tenía que huir de ahí, tomó
todo cuanto pudo de su choza y lo metió en varios sacos.
─ ¡Señor Fredward! ─ llamó
Henry a la puerta, el anciano le abrió la puerta de inmediato.
─ Así que llegó el momento ¿Verdad? ─ preguntó
el anciano al ver los sacos ─ Este pueblo no está hecho para gente como
nosotros, ni para criaturas como él, deben buscar cielos más amplios. Vuelen hacia
el norte, tal vez tú no veas nada, pero él lo verá, el bosque donde habitan los
elfos se encuentra detrás de la montaña del norte, ellos los ayudarán.
Henry se despidió de su amigo con un fuerte abrazo y le agradeció en nombre
de Agní por todo.
Al llegar a la cueva le habló a Agní de su plan, no podían quedarse para
siempre en la cueva, morirían de hambre los dos, tenían que hacer caso al
consejo del señor Fredward, Agní estuvo de acuerdo, partirían al anochecer.
─ ¿Por qué haces esto? ─ preguntó
Agní mientras esperaban el caer de la noche ─ ¿Te
asusta morir en la guerra?
─ No me asusta morir en la guerra ─ respondió
Henry ─ No estoy huyendo de la guerra Agní, me asusta
perderte a ti.
─ ¿Qué? ─ preguntó el dragón ─ ¿Perderme?
─ Si me uno a una guerra no podré venir a alimentarte,
tendrás que salir, un día alguien te descubrirá y no estaré para curarte esta
vez. Si algo te pasa…
Henry rompió a llorar, pese a lo irracional que le parecía, amaba al
dragón, daría su vida por él, pero sin él, su vida se sentiría vacía. Agní lo
cubrió con un ala, acercándolo a su cuerpo.
─ Lo haremos, iremos a buscar a los elfos.
Partieron al anochecer, volando hacia el norte, lo que ni el señor Fredward
ni ellos sabían era que la guerra se había extendido hasta ahí. Horcos y soldados
vieron lo mismo en el cielo esa noche, un dragón, aquellas criaturas a las que les
habían enseñado a temer. No dudaron en darse una tregua y apuntar flechas y
lanzas contra él. Agní batió sus alas tan rápido como pudo, pero las armas
cruzaron sus escamas, perdió impulso.
─ Un poco más Agní, resiste ─ lo
alentó Henry al ver la montaña ─ Solo un poco más.
El señor Fredward se había equivocado, él también pudo verlo, pese a ser de
noche, las luces doradas iluminaban la parte trasera del montaña. El dragón
cayó en picada. Al menos una docena de elfos se acercaron a ellos. Hicieron todo
lo posible por salvar a Agní, usaron todos sus recursos mágicos, pero era un
dragón viejo y las guerras que había enfrentado en sus miles de años de vida lo
habían debilitado. Falleció al día siguiente.
Henry se quedó a vivir con los elfos, lo apodaban “El caballero del dragón”,
le enseñaron mucho de su cultura y su magia, pero Henry nunca volvió a ser el
mismo, sentía que le faltaba una parte de su corazón.
─ Nos hemos encontrado en más de cien vidas. En esta te recordé al cumplir 20
años, al reconocerte en una pintura, todos los recuerdos de esas vidas
volvieron a mí, al principió pensé que estaba loco, pero… no sé, preferí creer
que era verdad. Empecé a recorrer el mundo en busca de más pinturas, más
pruebas, he encontrado 47 de ellas en estos 22 años, todas coinciden con mis
recuerdos. Te reconocí en cuanto te vi, el nombre solo lo confirmo, no aparecí
en la cafetería por casualidad, te busqué después de ese examen. No siempre
tenemos los mismos nombres, a menudo son variaciones de los originales. A veces
tu eres mujer, a veces yo lo soy, a veces lo somos ambos, o como ahora, ambos
somos hombres, pero nunca importa eso, siempre terminamos enamorados. A veces
eres tú el que me recuerda primero y me busca, otras soy yo, en varias
ocasiones simplemente nos encontramos y lo recordamos todo al besarnos. También
ha habido vidas en las que no estamos juntos como pareja, pero somos amigos,
encontramos siempre un camino para amarnos y ser parte de nuestras vidas, en
algunas más tristes no nos encontramos, pero siempre hay que tener fe.
Conforme Agní hablaba,
los recuerdos se desbloqueaban en la mente de Henry, muchos de ellos ya los
había soñado.
─ ¿Y ahora? ¿Qué hacemos ahora? ─ preguntó Henry todavia confundido.
─ Pues, aprovechemos esta vida ─ respondió Agní ─ No sabemos cuanto tardemos o
siquiera si nos encontraremos en la siguiente, así que disfrutemos todo lo que
podamos.
Henry tomó la mano
de Agní, sonrió. Ya no sentía que extrañaba algo, ya lo había encontrado.
Nadir Kampz
Pansexualidad: Atracción sexoafectiva hacia cualquier persona, independientemente de su género.
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