La montaña rusa de la cuarentena
Tenía un rato sin publicar nada, y es que en realidad no había encontrado la motivación para escribir algo para el blog, he tenido algunos altibajos emocionales debido a la cuarentena, y ya tenía algunas cosillas escritas sobre eso así que me decidí a darle estructura y compartirlo con ustedes. Es un texto emocional así que no puedo decir específicamente "disfrútenlo", pero gracias por leerlo y recuerden que no es obligatorio hacer mil cosas en cuarentena, aprenderlo todo o estar siempre bien, si están pasándola mal no son los únicos, ni están solos. Siempre hay alguien dispuesto a ayudar.
LA MONTAÑA RUSA DE LA
CUARENTENA
Cierro los ojos y respiro profundamente. “Piensa en cosas
que te hagan feliz”, recuerdo, y trato de enfocarme en ello. Despejo mi mente y
mientras sigo controlando mi respiración aparezco en el bosque, y aunque en
realidad es mediodía, el bosque casi siempre está en pleno atardecer, una brisa
fresca roza mi piel y sonrío. Entro a la tienda de campaña y saco la bolsa de
dormir, la coloco bajo la sombra y me recuesto en ella. Me encanta ese bosque, es
tan amplio, puedes ver el inmenso cielo azul con esos tonos naranjas, el verde
te rodea por doquier, si escuchas con atención puedes escuchar algunas aves cantar,
o al viento meciendo las hojas, y si caminas lo suficiente, puedes escuchar el
murmullo de un arroyo.
Estoy por quedarme dormido en el bosque, cuando el sonido
de un helicóptero me regresa a la realidad. “Te recordamos que seguimos en semáforo
rojo, por lo que te invitamos a respetar los protocolos de seguridad, mantén la
sana distancia y quédate en casa”, dice el altavoz del helicóptero cada que
sobrevuela mi casa. Abro los ojos y lanzo un fuerte suspiro, inconscientemente llevo
mi mano a mi boca y comienzo a morder mis nudillos, una extraña manía que tengo
cuando estoy ansioso y que aumentó completamente en la cuarentena al grado de “hacer
callo” en tres de ellos.
Me levanto de la cama y paso la escoba por mi habitación,
aunque está completamente limpia. “Hay personas en peores circunstancias”,
pienso, y es verdad, debería considerarme afortunado, no me falta techo,
comida, ni formas para entretenerme. Estoy con mi familia y nadie ha enfermado.
Salgo periódicamente a ver a Sunny, siguiendo todos los protocolos de seguridad,
claro está. Aprovecho las oportunidades de ir al supermercado para sentirme un
poco menos encerrado. Y sin embargo a veces la ansiedad se apodera de mí, tengo
días buenos y días malos. Este parece que será uno de los malos. Esos donde no
puedo concentrarme en nada, donde solo quiero dormir y sin embargo no lo consigo
y me quedo acostado mirando el techo.
Salgo de mi habitación, saludo a mis hermanos como un
reflejo automático, hago mis quehaceres, ayudo con la comida, trato de mantenerme
centrado en las cosas, pero es difícil enfocar mi mente. Pongo música pues el
sonido me hace sentir menos aislado. “Wey, antes de esto pasabas días enteros
aquí sin quejarte” se burla una voz en mi cabeza, y aunque una parte de mi
quiere darle la razón, otra sabe que no es lo mismo, no es lo mismo una
cuarentena que pasar el día en casa sabiendo que podrías salir en cualquier
momento por un helado, al cine, o a pasear.
Lavo los platos después de comer y regreso a mi
habitación, me siento en la orilla de la cama, prendo la televisión para no
sentirme solo y busco distraerme con Facebook e Instagram, veo fotos y
publicaciones de gente que está aprendiendo idiomas, tomando cursos,
perfeccionando talentos, y no puedo evitar sentir un poco de envidia, me
gustaría tener esa motivación, pero justo ahora otra parte de mí me recuerda que
es suficiente logro ser consciente de mis emociones y buscar manejarlas, me
recuerda que no todos los días son malos. Sé que es verdad, y sé que tengo
herramientas para hacer los días grises más llevaderos.
Mi favorita es cerrar los ojos, respirar profundamente y
adentrarme en el bosque de mi mente, pero también me funciona muy bien
escribir, como ahora, y sobre todo reconocer que está bien sentirme así a
veces, que no tengo que estar al cien todo el tiempo ni tengo que obligarme a
hacer todo lo que los demás están haciendo, me ayuda ir a mi ritmo, sobreviviendo
algunos días, viviendo al máximo otros.
No todos los días son malos, a veces tengo días buenos,
incluso días geniales. Me levanto motivado, saludo a mis hermanos con alegría, la
música no solo está de fondo, canto y me muevo con ella. Siento tanta energía que
hago mi rutina de ejercicios sin problemas, e incluso hago un extra. Me doy un
baño. Leo un poco, trabajo otro poco, escribo un poco más. Mi concentración es
tal que recupero el tiempo perdido y tomo tres lecciones de francés seguidas. Me
pierdo un rato en mi celular, admiro las cosas que están haciendo los demás y trato
de apoyar a los que no la están pasando bien. Las publicaciones de Sunny, Ben
(sí, otro nombre código por privacidad jajaja) o de “el crush” me sacan una
sonrisa. Busco esa receta que guardé en Pinterest y me arriesgo a lo que salga,
sorprendentemente sale bien y queda lista para la hora de cenar. Después de
cenar miro una película o mi serie favorita. El sueño tarda en llegar, esa es
una constante con o sin ansiedad, así que reviso que mi juguete favorito tenga batería
y me divierto un poco (o mucho) antes de dormir. A veces tengo sueños muy raros
y divertidos, otras no los recuerdo, pero imagino que fueron buenos porque
despierto tranquilo y descansado.
Y así pasan los días, me siento como en una montaña rusa,
a veces subo emocionado, a veces caigo en picada y quiero gritar, a veces me
rio y disfruto de la vista desde arriba, otras quiero que la velocidad disminuya
y tener un segundo de paz. Van más de ochenta días, pero sé que faltan más, así
que a esperar.
Nadir Kampz
Comentarios
Publicar un comentario