El chico de los ojos de bosque
El día de hoy vengo de nueva con una historia de temática trans, recordemos que todas las vivencias son validas, no hay una sola manera de vivir nuestra identidad, no todas las personas trans pasamos por las mismas cosas, ni transicionamos desde el mismo punto, pero todos somos validos.
Un pedazo de mi corazón va en esta historia, espero que les guste.
EL
CHICO DE LOS OJOS DE BOSQUE
La primera vez que vi
sus ojos me parecieron negros y turbios, no entendí en ese momento que eran el
reflejo del dolor que cargaba consigo. La primera vez que lo vi ni siquiera era
un “él”, me pareció una chica misteriosa, fría y ruda, nada más alejado de la
realidad. Su manera de caminar, sus palabras, sus gestos, todo tan
cuidadosamente caótico, veíamos exactamente lo que él quería que viéramos, “la
chica mala”, de la que hay que huir, a la que hay que temer, más que asustado
yo estaba intrigado por descubrir lo que había detrás de esos ojos oscuros.
Muy a su pesar,
comenzamos a hablar, yo no huía, quería conocerlo, saber más de él. A cada
platica sus ojos lucían un poco menos oscuros, pequeñas estrellas empezaban a
vislumbrarse en ellos. La fachada de “chica ruda” seguía ahí, pero detrás había
alguien que amaba la historia, la ciencia y el arte, que se ponía a escuchar a
Mozart y a Bach en mitad de la noche para luego poner un rap, un fan de Star
Wars con aires de hechicero medieval, un nerd demasiado cool.
Cuando supo que yo no
vine al mundo como un chico comenzaron las preguntas. “¿Cómo lo supe? ¿Desde cuándo?
¿Cómo estaba tan seguro? ¿Siquiera era posible? Si tenía cuerpo de chica, debía
ser una chica, ¿no?” No fui lo suficientemente listo para descubrir lo que había
detrás de sus preguntas en ese instante, aun cuando desde el principio estuvo dándome
pistas.
El tiempo se encargó de
acomodar las cosas, y los astros que había en su mirada se alinearon para un
día descubrir que no importaba el cuerpo, sino lo que llevara dentro, creo que
en el fondo siempre lo supo, pues incluso tenía listo el nombre perfecto.
Todo comenzó con su
primer amor, Aurora, una chica tan hermosa como una ninfa, lo buscaba sin
parar, él no entendía por qué, la mayoría de las chicas lo evitaban por “rara y
peligrosa”. Aurora tampoco terminaba de entenderlo, pero le encantaba pasar
tiempo con él, ella también pensaba que tenía estrellas en la mirada, y aunque
pareciera una chica consentida y popular, sabía lo que era sentirse sola y
juzgada. Se entendían y comenzaron a pasar las tardes juntos, reían, platicaban
y daban largos paseos. Aurora lo veía, se le llenaba el corazón y pensaba “si
tan solo fueras completamente un chico, serías el chico perfecto”. Sin darse
cuenta se enamoró de él, y algo en ella le decía que no se estaba enamorando de
una chica. A él también le gustaba Aurora, pero sentía que incluso si fuera
mutuo, algo no cuadraba. Además, si proyectaba toda esa oscuridad y misterio
era para protegerse de cosas así, del dolor de no saber quién era y no poder
explicarlo al otro, de la incertidumbre, era el miedo a salir herido, a ser
lastimado, a confiar y tener que hablar del pasado.
Una noche, mientras
miraban las estrellas, sentados sobre un tronco en el bosque, el chico de los
ojos de bosque obedeció al impulso de su corazón y rodeó a Aurora con un brazo,
ella, sin poder controlarlo, dijo lo que llevaba tiempo pensando.
“Si tan solo fueras
completamente un chico, serías el chico perfecto…”, él sintió que lo recorría
un escalofrío, “completamente un chico”, “el chico perfecto”. Abrazó a Aurora
con fuerza y las lagrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas.
Desde ese día lo turbio
de sus ojos quedó atrás, sus ojos no eran negros, sino verdes, como el bosque. Llegó
con el cabello corto y esos ojos verdes e intensos.
─ Leonardo ─ dijo
extendiendo una mano y ofreciéndome una sonrisa. No hacían falta más
explicaciones, su sonrisa lo decía todo.
Comenzó a ser más él
mismo, poco quedó de “la chica mala”, en su lugar llegó un chico divertido,
brillante y bondadoso, con ganas de conquistar el mundo, de llenarlo todo de
color armado con sus óleos, con ganas de gritar su nombre en alto, de
enamorarse, de vivir, de disfrutar. Seguía cargando con el dolor de una vida
dura, a veces aún temía al rechazo, pero estaba ansioso por vivir la vida que
siempre quiso.
Los meses comenzaron a
pasar, el chico de los ojos de bosque se parecía cada vez más a si mismo, la
sombra de una barba comenzaba a pintar su quijada, sus hombros se ensancharon gracias
al ejercicio, su vida llevaba el rumbo que siempre quiso, amaba y era amado
profundamente. Fue inevitable para mi enamorarme de esos ojos verdes, de esa
risa estruendosa y esa mirada coqueta, pero esta vez quien tuvo miedo fui yo.
La última vez que lo vi
ya no me pareció un chico, se había convertido en todo un hombre, gentil,
fuerte y valiente. Mi mente viajó al pasado, a esos ojos oscuros y misteriosos,
a esa coraza con la que solía protegerse, a ese chico esquivo y lleno de dudas
con el que solía platicar hasta el amanecer, se había convertido en lo que siempre
soñó, forjado en las sombras y el dolor, venció el miedo y lo convirtió en
amor.
Nadir Kampz
Orientación sexoafectiva de las personas trans: Las personas trans podemos ser heterosexuales, bisexuales, homosexuales, pansexuales, asexuales, etc. Nuestra identidad de género es independiente a nuestra orientación sexoafectiva. Pero incluso si somos hetero, seguimos siendo parte de la comunidad LGBT+ pues estamos en la letra T y nuestra vivencia es diferente a la de una persona cis hetero.
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