Robbie y el espíritu del arroyo
No se pudo hacerlo diario, pero sí quiero terminar las 30 historias, así que las seguiré publicando conforme las tenga listas, tal vez se repitan algunos temas, pero vistos desde otra perspectiva, la historia del día de hoy es acerca de las infancias agénero. con algunos toques de fantasía, espero les guste.
ROBBIE
Y EL ESPIRITU DEL ARROYO
─ Papá, papá ¿Puedo ir
a jugar al arroyo? ─ fue lo segundo que Robbie preguntó tras mudarse a la casa
del bosque, lo primero fue cuál sería el cajón de las galletas.
─ Claro peque, solo ten
cuidado ─ le respondió su papá, que llevaba cargando tres cajas de mudanza
apiladas.
Robbie se adentró en el
bosque, no era la primera vez que visitaba el arroyo, llevaba un par de años de
conocer el lugar. El novio de su papá lo conocía desde niño y había conseguido
comprar la casa del bosque un par de meses atrás para vivir los tres juntos
ahí.
A Robbie le gustaban
las galletas, el helado, y nadar, para sus cinco años nadar se le daba de
maravilla, aunque el arroyo no era profundo, al entrar, el agua le llegaba
apenas a las rodillas, pero solo sentir el agua fría, patearla y jugar con ella
le divertía. Uno de sus juegos favoritos era poner dos flores en el arroyo y
ver cual llegaba más lejos. Así que tomó una flor amarilla y una azul que
encontró cerca de ahí y las colocó una al lado de la otra. La amarilla, que era
un poco más pequeña, cobró la delantera rápidamente, Robbie la siguió, primero
con la mirada y después echando a caminar tras ella, la flor azul se había
rezagado un par de metros ya, pero al escuchar un borboteo giró la mirada, la
flor azul comenzaba a levantarse, era como si el agua tomara forma y la elevara.
Robbie olvidó la flor
amarilla y se quedó mirando la azul, el agua estaba tomando forma, parecía una
persona. La figura volteó a mirar a Robbie, ladeó la cabeza y sacudió el
cuerpo, como si fuera un perro secándose, el agua comenzó a salpicar por todos
lados formando un pequeño torbellino, y cuando este desapareció, en su lugar
estaba un chico, que le regaló una sonrisa hermosa.
El chico del arroyo era
delgado, vestía solamente unos pantaloncillos que parecían hechos de algas,
tenía la piel un poco bronceada, el cabello rizado le llegaba a los hombros y
tenía un rostro precioso y alegre.
─ ¿Quién eres tú? ─
preguntó Robbie con tono impresionado.
─ Soy Mizu, soy el
espíritu protector de este arroyo ─ dijo el chico con una voz suave y clara.
─ ¿Un espíritu? ¿Cómo
los fantasmas? ─ Robbie había leído un cuento de fantasmas donde explicaban que
los fantasmas eran espíritus que se quedaban atrapados en nuestra dimensión.
─ No, los fantasmas son
de alguien que se murió y aun tiene cosas pendientes ─ explicó Mizu ─ yo no he
muerto, en realidad no puedo hacerlo, mi destino es cuidar de este lugar para
siempre.
─ ¿Para siempre? Eso es
muchísimo tiempo ─ exclamó Robbie frunciendo el ceño en un gesto muy tierno ─
¿No te aburres de estar siempre en el arroyo? ¿Qué comes? ¿Dónde duermes? ¿Si
vives en el agua ya no hace falta que te bañes?
─ Haces preguntas muy
curiosas ─ respondió Mizu soltando una risita angelical ─ Sí, para siempre, si
abandono el arroyo se secaría y todos mis amigos morirían pues no tendrían
donde beber agua o donde vivir ─ la voz de Mizu estaba cargada de amor ─ Duermo
aquí, solo que no como humano, no necesito comer, y no me aburro, pues siempre
puedo jugar con las flores, los peces y los demás animales, aunque tiene mucho
que no hablaba con una persona, la ultima vez fue hace más de veinte años, un
chico venía a platicar conmigo, pero un día dejó de venir, creció, supongo ─
esta vez la nostalgia se apoderó de su voz.
─ Yo no he crecido
tanto ─ dijo Robbie con una sonrisa, sin darse cuenta se había acercado tanto
al arroyo que ya tenía los pies dentro de nuevo ─ Podemos ser amigos, y seguiremos
siendo amigos, aunque crezca.
─ Muchas gracias,
pequeña personita... ─ respondió Mizu extendiendo su mano.
─ Ah, sí, soy Robbie ─
se presentó ─ Entonces ¿Nunca has probado las galletas?
Para Robbie existían
prioridades y saber si su nuevo amigo conocía las galletas era más importante
que otra cosa, así que cuando el chico negó con la cabeza, Robbie corrió de
vuelta a casa y minutos después volvió con una caja llena de galletas de chispas.
─ Eres muy amable, pero
no necesito comer ─ dijo Mizu un tanto apenado.
─ Pruébalas ─ ordenó
Robbie entregándole la caja ─ Yo me las como aunque no tenga hambre ni necesite
comer, son deliciosas.
Mizu tomó una galleta
de la caja, la olisqueó detenidamente y luego se la llevó a la boca, los ojos
se le iluminaron y sonrió con migajas en los labios, comió dos más antes de
hablar.
─ He comido plantas por
curiosidad, pero esto… es lo más delicioso que he probado, es como… me encanta
─ se sentó en una roca y señaló la roca junto a él.
Robbie y Mizu se
terminaron la caja de galletas, Robbie no dejaba de hacerle preguntas al chico,
que las respondía lo mejor que podía, le habló de los peces, de lo amplio que
era el arroyo, de cómo era ese lugar hace siglos, de en todas las cosas que se
podía transformar y de las cosas que le gustaría conocer. Un par de horas después
Robbie escuchó la voz de su papá, era hora de comer, así que se despidió y
prometió regresar al día siguiente.
Robbie fue a visitar a
Mizu al día siguiente tal como prometió, esta vez con un plato de cereal con
leche. Al otro día con un tazón de avena, después hotcakes con miel. Mizu se
enamoraba de cada nueva comida que probaba. Pero no solo se dedicaban a comer,
Robbie le llevaba sus libros favoritos y le hablaba de otras ciudades, otros países
y otros mundos, Mizu hablaba de otras culturas, otras realidades, otros planos,
se hicieron amigos rápidamente.
Robbie adoraba escuchar
a Mizu, sobre todo cuando hablaba de los otros espíritus, y es que había un
detalle importante y fascinante en ellos, Mizu parecía más o menos un chico
humano, pero en realidad no tenía un cuerpo especifico, fluía con el agua, gracias
a su poder podía darle un cuerpo a su alma, podía ser lo que quisiera, lo mismo
con el resto de los espíritus, no eran ni chicos, ni chicas, no eran hombres,
ni mujeres, para ellos todas esas categorías eran ajenas, entendían que las
ninfas, las hadas, o los humanos necesitaran clasificarse así, pero ellos no.
Robbie pensaba lo mismo, papá y su novio lo sabían, por eso, aunque su cuerpo
era como el de la mayoría de las niñas, no le trataban como una niña, ni como un
niño, Robbie decía que no era ninguno, así que le dejaban ser y hacer lo que le
gustara más, le compraban la ropa que quería, solían decirle “peque” en lugar
de pequeño o pequeña, y respetaban la manera en que decidía referirse a si
mismo.
Desafortunadamente Robbie
no vivía en el mundo de los espíritus, sino en el de las personas, y la mayoría
de las personas no entendían a Robbie, le decían que era una niña hermosa, que
debería usar vestidos para verse linda, que un día sería una señorita
encantadora, que no podía jugar al policía, pero sí a la casita. Harto de que las
personas le metieran esas ideas a su hijo en la cabeza, el padre de Robbie
decidió mudarse a un lugar más tranquilo donde Robbie tuviera esa libertad de
no ser un niño y no ser una niña.
Robbie tenía a su papá,
que le amaba y le entendía, tenía al novio de papá, que le quería como si fuera
su hijo también, a sus tíos, que también le apoyaban, y ahora a su amigo del
arroyo, que era como él. No podría esconderse toda la vida en la casa del
bosque para evitar el juicio de los demás, pero mientras fuera posible, los adultos
que le amaban se asegurarían de que estuviera en un lugar seguro donde pudiera
tener una infancia feliz.
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