Bajo la superficie

 La comunidad LGBT+ tiene uno de los índices de depresión y ansiedad más altos, además de todas las cosas con las que suele lidiar una persona, las personas diversas enfrentamos discriminación, rechazo, acoso, invalidación y violencia, por lo que somos población vulnerable. La historia de hoy, situada en plena pandemia, habla de la depresión y la importancia de ir a terapia. 


BAJO LA SUPERFICIE

 

“Vas a marcar el número, probablemente te responderá una secretaria, le dirás que te gustaría agendar una cita, ella te dirá los horarios disponibles, elegirás uno, hablarán de los métodos de pago y agendarán tu cita, es todo lo que debe preocuparte por ahora” se repitió por tercera vez antes de marcar el numero que tenía guardado desde hacía una semana pero que no se atrevía a marcar.

La llamada no duró más de cinco minutos, y pasó tal cual la había practicado en su cabeza, lo que le dio bastante tranquilidad.

Alan nunca había sido un chico sociable, era más bien alguien de pocos amigos, que se quedaba en casa en vez de salir de fiesta, que prefería tomarse un café en su sala que pagar por uno diez veces más caro en alguna cafetería popular, no solía ir a conciertos o eventos deportivos, los únicos momentos en los que estaba rodeado de gente eran en el salón de clases en la universidad, por eso, cuando un año atrás anunciaron que se instauraría una cuarentena en la que invitaban a la gente a quedarse en casa y salir lo menos posible, Alan pensó que no le afectaría en lo más mínimo, por el contrario, pensó en todos esos compromisos sociales a los que se veía obligado a asistir pero que en realidad detestaba y de los que ahora podía librarse.

Alan vivía con su novio y su perro, por lo que en realidad no pasaría el encierro solo, chatearía con sus amigos como siempre lo hacía, seguiría estudiando y tendría tiempo de descansar, serían unas cómodas vacaciones de un par de meses… pero no fueron solo un par de meses, ni medio año, ya había pasado un año y la situación apenas comenzaba a mejorar, y para Alan las cosas más bien no dejaban de empeorar.

Todo había empezado el segundo mes de la pandemia, cuando anunciaron que las cosas no terminarían en un par de semanas como se había previsto, sino probablemente en un par de meses. Una sensación de opresión en el pecho inundó a Alan, sentía que le costaba respirar y no supo si se debía al virus o a un ataque de ansiedad. Al día siguiente fue a hacerse una prueba rápida, negativa, sus pulmones estaban perfectos, no era Covid, por suerte.

Esto comenzó a repetirse, primero cada que escuchaba que la cuarentena se alargaba, pero después comenzó a hacerse habitual. Marco, su novio, siempre estaba ahí apoyándolo, ayudándole a respirar tranquilamente, confortándolo cuando todo terminaba en un ataque de llanto incontenible, escuchando todo lo que tuviera que decir, cuando Alan empezó a descuidarse un poco, Marco estaba ahí para asegurarse de que comiera algo, se bañara y durmiera bien.

Sin embargo, el tiempo pasaba y las cosas no mejoraban, ni en el mundo, ni en el interior de Alan, cada día se sentía más desmotivado, más cansado, con menos ganas de seguir adelante. Ya no mensajeaba a sus amigos, ni pasaba horas leyendo, ya no jugaba videojuegos con Marco, ni se entusiasmaba con una nueva receta, tampoco se divertía con Toby, su perro. Ya no hacía ejercicio, parecía nunca estar concentrado, olvidaba las cosas con facilidad y sus calificaciones comenzaron a bajar. Ni siquiera continuó aquel sueño idílico de los primeros meses donde él y Marco tenían todo el sexo que querían y probaban todo lo que siempre habían querido; Alan amaba a Marco, pero poco a poco las palabras románticas que le dedicaba a diario también se esfumaron.

Y así pasó todo un año de cuarentena, en el que Alan insistía en que estaba bien, que podía manejarlo, que no era para tanto, que cualquiera se vuelve loco con este encierro. Más de una vez Marco le sugirió buscar ayuda, muchos terapeutas estaban atendiendo en línea, pero Alan insistía en que podía él solo. Pero por más que tuviera a Marco para apoyarlo, por más que él mismo se forzara a seguir una rutina y buscara sentirse mejor, no podía.

Una semana antes de que se decidiera a llamar las cosas explotaron, se sentía más solo que nunca, se sentía enfurecido con el mundo, defraudado consigo mismo, sentía que la vida lo sobrepasaba, entre un mar de llanto estalló un plato contra el piso, Marco intentó tranquilizarlo, pero él lo empujó con fuerza y le pidió que lo dejara solo, que se marchara, de ser posible para siempre. Marco sabía que Alan no hablaba en serio, que sus emociones en ese momento eran demasiado intensas, y que aunque se lo pidiera, no podía dejarlo solo, así que solo se apartó unos metros y permitió que Alan siguiera arrojando cosas, cuidando únicamente que no se hiciera daño. Un par de platos más se hicieron añicos, los cojines golpearon repetidamente el sillón y se estrellaron varias veces contra el suelo, y finalmente Alan cayó de rodillas en el piso y se puso a llorar hecho un ovillo. Marco se sentó junto a él y acarició su espalda todo el rato, hasta que Alan se quedó dormido, como pudo lo acostó en el sillón y limpió todo en silencio.

A la mañana siguiente Alan despertó completamente apenado, se deshizo en disculpas con Marco y le pidió que se quedara, él aceptó. Rememorando la noche anterior Alan supo que no podía seguir así, necesitaba ayuda. Esa misma tarde consiguió el teléfono de un consultorio psicológico, pero le tomó una semana armarse de valor.

El día de su cita estaba muy nervioso, nunca había ido con un psicólogo, ni siquiera era bueno hablando de cómo se sentía, no sabía exactamente qué decirle, salvo contarle lo de esa noche y todo lo que lo había llevado hasta ahí.

─ Estarás bien, amor ─ le dijo Marco entregándole una taza de te para el desayuno ─ ¿Y sabes? Estoy muy orgulloso de ti, has dado un gran paso, yo te voy a apoyar en lo que pueda, y tú darás lo mejor de ti, como siempre lo haces. Él sabrá qué preguntarte, y tú solo empezarás a dejar fluir las cosas.

─ Vale, está bien ─ murmuró Alan que se sentía un poco más tranquilo ─ Gracias, por todo.

Marco le dio un suave beso en los labios y siguió preparando el desayuno.

Más tarde, por espacio de una hora, Alan le contó a su psicólogo todo, desde el primer ataque de ansiedad, diez meses atrás, hasta los nervios de haber marcado para agendar la cita. El psicólogo lo escuchó atentamente, preguntó algunas cosas, le dio algo de retroalimentación, pero sobre todo, se mostraba genuinamente interesado y dispuesto a ayudarlo, eso hizo más sencillo para Alan confiar. Quedaron de verse cada semana para empezar. Al salir de la sesión Alan ya tenía dos tareas, llevar un diario de sus emociones y un horario de su rutina diaria.

No bastó una sesión, ni unas semanas, pero al cabo de un par de meses, Alan comenzó a sentirse mejor, descubrió que bajo la superficie había un montón de cosas contenidas de las que él no tenía ni idea, había pasado gran parte de su vida estresado, tenía un intenso miedo al abandono y la cuarentena lo quebró porque lo confrontó por primera vez con emociones que no se atrevía a experimentar y prefería taparlas con muchas actividades. Cuando fue posible salir otra vez, Alan estaba asustado de volver al mundo, pero ya no se sentía solo y vulnerable como a inicios de la pandemia, tenía a Marco, a Toby, era constante y responsable con su proceso terapéutico, ahora expresaba sus emociones con más libertad y estaba aprendiendo a expresarlas con empatía.

Estaba listo para avanzar.


Nadir Kampz


Depresión: Trastorno del estado de animo caracterizado principalmente por un estado de tristeza constante, falta de motivación para realizar las actividades diarias, irritabilidad, cansancio, descuido de las relaciones personales, y alteraciones en el sueño, la higiene y la alimentación. 


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